lunes, 8 de febrero de 2016

El "Hit" que Tchaikovsky odió




En junio de 1812, el ejército francés, entonces el más poderoso existente, invadía al Imperio ruso. Napoleón había logrado el dominio territorial de buena parte de Europa continental y entendía muy bien la importancia de doblegar a los rusos, que habían impuesto un bloqueo comercial perjudicial para los intereses de París. Rusia era, como hoy, una nación rica en recursos naturales; en aquel entonces era una sociedad semi-feudal, con una aristocracia que había conservado el poder desde los imponentes palacios de Moscú y de la flamante San Petersburgo. La visión liberal que representaba Francia no era menos que un peligro para la aristocracia rusa, pero detener a la Grande Armée parecía un imposible. La declaración de guerra de Napoleón al Zar llenó de terror a una nación aislada, mal armada y poco preparada para detener una marea humana que arrasaba sin piedad a sus enemigos. Sin embargo, parece que la Providencia estaba del lado de los rusos; los franceses llegaron en el segundo semestre del año a Moscú y enfrentaron un enemigo con el que no contaban: el frío glacial que llegaba con firmeza en los últimos meses del año. El clima sería, finalmente, el verdugo del todopoderoso Emperador de los franceses.

Sesenta y ocho años después, las autoridades de la Catedral de Cristo Redentor, que había sido encargada por el zar Alejandro II para conmemorar la victoria rusa, pidieron a través de Nikolai Rubinstein, amigo del compositor, que compusiera una pieza para unirse a los festejos que se avecinaban. Es un misterio cuál fue el encargo en específico, pero podría pensarse que se le sugirió un derroche de patriotismo en cada nota. A lo largo de seis semanas, Pyotr trabajó en componer una pieza que tuviera visos teatrales para una puesta en escena espectacular, pensado más en lo que sería un festejo que una melodía que trascendiera a la historia por su carácter excelso, como había ocurrido con Beethoven y Mozart en el siglo XVIII y como ocurría con Verdi, Gounod y Bizet en el siglo XIX, cuyas obras eran poemas llenos de un profundo sentimiento y un carácter sinuoso que sorprende y extasía al oyente. La pieza pronto quedó lista: estaba pensada para un montaje en exteriores con acompañamiento de piezas de artillería pesada. Sin embargo, fue en 1882, en un escenario cerrado y luego de un convulso periodo que incluyó el asesinato del Zar, en el que Tchaikovsky pudo estrenar su obra. La historia cuenta que para su compositor esta obra carecía de valor artístico y fue hecha sin cariño ni empeño alguno. Las razones de por qué esta pieza nunca tuvo el favor de su creador parecen quedarse en el terreno de las especulaciones, pero paradójicamente ha sido la obra más ejecutada de su amplio repertorio. Cada 4 de julio es interpretada en el Boston Pops, así como suele ser bastante usada en la cultura popular. Caso particular en la película V for Vendetta, cuando en las escenas finales se vuela al Palacio de Westminster, sede del Parlamento británico. Sin duda ya sabe, entonces, de qué obra le hablo.

La Obertura 1812 de Tchaikovsky, no obstante, es una obra particular: no se requiere conocer exactamente qué narra para identificar que está contando una historia. Y tiene un componente adicional que le da su magnificencia: captura con asombrosa precisión el sentimiento que embargaba al pueblo ruso en aquellos aciagos días en los albores del siglo XIX. La pieza inicia con un coro que entona un silencioso -y por qué no, lúgubre- himno religioso ortodoxo, Dios, salva a tu pueblo, que representa aquel momento en que la noticia de la invasión francesa empieza a regarse por los campos y ciudades de Rusia y se convoca a la nación a la resistencia desde los púlpitos de las capillas (sin embargo, la composición original de Tchaikovsky dispone para este inicio sublime de ocho violonchelos y cuatro violas). Este himno religioso, entonado a capela en sus versiones corales, describe la angustia de los rusos que solo podían ver en la ayuda divina una salida para la visión apocalíptica que emanaba Napoleón en la medida en que su caballería y ejércitos cruzaban Europa central y se acercaban a la frontera. Con el ingreso de la Orquesta en pleno, se empieza con unas tonalidades altas que dibujan la llegada de las tropas francesas y unos bajos que pormenorizan los estruendos del fuego de artillería e imprime ese sentimiento profundo de temor de una nación que no tenía humanamente posibilidades de detener el avance feroz del enemigo, mezcladas con melodías militares tradicionales y fragmentos de La Marsellesa, que deja en evidencia la presencia incontenible de Francia en su territorio. Este anacronismo suele ser uno de los aspectos más particulares de esta obra: en aquel entonces el himno nacional de Francia que hoy conocemos no pasaba de ser un canto de la Revolución francesa y para los actos oficiales se entonaba Le Chant du Depart (el cántico de la partida), que los historiadores hoy reconocen como el himno del Primer imperio francés. 

Durante poco más de cuarto de hora, la obra transita por los momentos más relevantes de este apasionante momento de la historia. Los metales de la Orquesta recrean la famosa Batalla de Borodino, donde un diminuendo narra la retirada rusa y la decisión estratégica de los ejércitos del Zar de evitar la confrontación directa con un enemigo superior. En la segunda aparición de La Marsellesa, nuevamente los metales anuncian un evento central en esta seguidilla de sucesos: el ingreso de Napoleón en Moscú. De repente, la obra vuelve a un andante, con los diminuendos que aparecen de nuevo para contarnos que inicia el asedio ruso y la huida de los franceses de una Moscú fría, incendiada y sin alimentos. La derrota de Napoleón es narrada en uno de los cierres más espectaculares, característicos de las obras de Tchaikovsky: los bronces y los distintos metales de la orquesta que interpreta, son acompañados de cinco salvas de cañón mientras un fragmento de Dios salve al zar, himno de la Rusia imperial -otro anacronismo, pues en 1812 tampoco era el himno de esta nación-, transita por la partitura en compañía de un repique entusiasta de las campanas y de once salvas de cañón, mientras el leitmotiv que representa al ejército ruso juega con las distintas melodías que, al final de cuentas, terminarán con el final feliz de la historia, jubilosa porque Rusia venció a un enemigo que, sin la ayuda divina, no era derrotable. Así es la Obertura 1812 de Pyotr Illich Tchaikovsky: un capítulo melodioso del gran libro de la historia universal. 

Vea aquí la versión de la Obertura 1812, Op. 49 de los 150 años del natalicio del compositor.